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En conmemoración del Martirio de San Juan Bautista

Un concierto con un recorrido desde el dolor a la afirmación y desde la oscuridad a la luz

La Orquesta Sinfónica dará su función el miércoles 26 de agosto a las 21 h en la Iglesia Catedral de San Juan. Con entrada libre y gratuita.

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La Orquesta Sinfónica del Centro de Creación Artística Orquestal de la Facultad de Filosofía, Humanidades y Artes (FFHA) perteneciente a la Universidad Nacional de San Juan ofrecerá un nuevo concierto este próximo miércoles 26 de agosto a las 21 en la Iglesia Catedral de San Juan.

La función que se realizará en conmemoración del Martirio de San Juan Bautista, estará integrada por dos obras de Wolfgang A. Mozart: “Sinfonía Concertante k364”; y “Sinfonía N. 41 K551 (Júpiter)” con Rossana Migani en Violín y Daniel Sánchez en Viola como solistas y bajo la dirección del maestro Wolfgang Wengenroth.

La entrada será libre y gratuita.

 

Sobre el concierto

Las dos obras maestras de Wolfgang Amadeus Mozart muestran, desde perspectivas muy diferentes, la extraordinaria amplitud de su lenguaje instrumental. La Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta en mi bemol mayor, KV 364, pertenece a uno de los momentos de mayor madurez de su juventud y combina la intimidad de la música de cámara con la amplitud de la escritura orquestal. La Sinfonía n.º 41 en do mayor, KV 551, “Júpiter”, compuesta nueve años después, representa en cambio la culminación de toda su producción sinfónica: una obra en la que luminosidad, energía, equilibrio clásico y extraordinaria complejidad contrapuntística alcanzan una síntesis casi perfecta.

La interpretación de estas obras en la Catedral de San Juan, en fechas próximas a la conmemoración del martirio de San Juan Bautista, ofrece además un contexto particular para su escucha. Ninguna de las dos composiciones fue concebida con una finalidad religiosa ni guarda una relación histórica directa con el santo. Sin embargo, el recorrido desde el dolor y la introspección hacia la afirmación y la luz que puede percibirse a lo largo del programa adquiere en este espacio una resonancia especial: la memoria del martirio no representa únicamente la muerte, sino también la fidelidad a una convicción y la esperanza de una realidad que trasciende la existencia terrenal.

 

Sinfonía concertante para violín, viola y orquesta en mi bemol mayor, KV 364

Mozart compuso la Sinfonía concertante probablemente en Salzburgo en 1779, poco después de regresar de un largo viaje que lo había llevado a Mannheim y París. Aquellos años fueron decisivos para su desarrollo. En Mannheim había conocido una de las mejores orquestas de Europa y descubierto nuevas posibilidades de dinámica, color y escritura instrumental; en París entró en contacto con un género especialmente apreciado por el público francés: la symphonie concertante, situada a medio camino entre la sinfonía y el concierto para varios solistas.

Mozart transformó ese género, frecuentemente brillante y destinado al lucimiento instrumental, en algo mucho más profundo. Violín y viola no se enfrentan como dos virtuosos que compiten entre sí, sino que forman una pareja de voces estrechamente relacionadas. Se imitan, se acompañan, intercambian ideas y completan mutuamente sus frases. Por momentos parecen dos personajes que mantienen una conversación íntima delante de la orquesta.

La elección de la viola es especialmente significativa. Mozart tenía una particular predilección por este instrumento y, cuando participaba personalmente en la música de cámara, disfrutaba tocando la viola. En esta obra le concede una posición absolutamente equivalente a la del violín.

Para reforzar su presencia sonora, Mozart utiliza además un recurso extraordinario: la parte de viola está escrita originalmente en re mayor y debe interpretarse con el instrumento afinado un semitono más alto, procedimiento conocido como scordatura. De esta manera, la viola adquiere mayor brillo y proyección y puede dialogar en igualdad de condiciones con el violín.

La orquesta posee también una sonoridad particularmente rica. A las cuerdas se suman dos oboes y dos cornos, mientras las violas orquestales están divididas en dos grupos. Este detalle oscurece y densifica el registro medio, creando un color cálido que distingue la obra de muchos otros conciertos mozartianos.

Mozart no necesita un texto para crear una verdadera escena dramática: los dos instrumentos parecen convertirse en dos voces humanas que expresan pérdida, compasión y consuelo.

Escuchado en el ámbito de la Catedral y en proximidad a la conmemoración del martirio de San Juan Bautista, puede adquirir una resonancia particular. No porque Mozart pretendiera representar un martirio, sino porque su música alcanza aquí una dimensión universal del duelo: el dolor se expresa sin desesperación y encuentra, en el diálogo entre las dos voces, una forma de acompañamiento y consuelo.

La Sinfonía concertante describe así, sin necesidad de un programa literario, un arco extraordinariamente humano: de la plenitud inicial al dolor y, finalmente, del dolor nuevamente a la vida.

En esta obra actuarán como solistas con Rossana Migani en Violín y Daniel Sánchez en Viola.

 

Sinfonía n.º 41 en do mayor, KV 551, “Júpiter”

Mozart terminó su última sinfonía el 10 de agosto de 1788, en Viena. En apenas unas semanas había escrito sus tres últimas sinfonías: la N.º 39 en mi bemol mayor, la célebre N.º 40 en sol menor y, finalmente, la N.º 41 en do mayor

Las circunstancias concretas para las que fueron compuestas siguen sin conocerse por completo. Lo extraordinario es que, en un periodo relativamente difícil de su vida, Mozart produjo tres obras que parecen resumir y superar toda su experiencia sinfónica anterior.

El sobrenombre “Júpiter” no procede de Mozart y comenzó a difundirse después de su muerte. Sin embargo, la asociación con el dios supremo de la mitología romana resulta comprensible ante la majestuosidad, la luminosidad y las proporciones de la obra. La tonalidad de do mayor, reforzada por trompetas y timbales, confiere a la sinfonía un carácter radiante y ceremonial.

Pero bajo esa apariencia de claridad se encuentra una de las partituras intelectualmente más sofisticadas de Mozart. La Júpiter une dos mundos que podrían parecer opuestos: la elegancia y simetría del clasicismo y la tradición contrapuntística que Mozart había estudiado profundamente a través de Bach y Händel. Esa unión alcanza su culminación en el último movimiento.

Mozart enfrenta constantemente lo solemne y lo ligero, lo marcial y lo cantábile. Incluso introduce hacia el final de la exposición una melodía de carácter casi operístico, demostrando con qué naturalidad podía integrar mundos expresivos diferentes dentro de una forma sinfónica rigurosa.

El resultado es una música de gran vitalidad, en la que cada contraste contribuye a una arquitectura perfectamente equilibrada.

El calificativo cantábile resulta esencial: la música parece cantar, aunque ese canto está atravesado por sombras. La aparente tranquilidad se vuelve una y otra vez inquietante, como si Mozart quisiera recordar que serenidad y sufrimiento pueden existir simultáneamente.

Una música entre oscuridad y luz

Interpretar estas dos obras en la Catedral de San Juan, cerca de la conmemoración del martirio de San Juan Bautista, permite escuchar el programa desde una perspectiva adicional. El vínculo no debe buscarse en una intención religiosa que Mozart nunca expresó para estas partituras, sino en el arco espiritual que las propias obras hacen posible.

Según el relato evangélico, Juan Bautista acepta las consecuencias de mantenerse fiel a aquello que considera verdadero. Su martirio representa por ello tanto una tragedia humana como un testimonio de convicción y esperanza. En el espacio de una catedral dedicada a su memoria, la extraordinaria alternancia mozartiana entre dolor, consuelo y luminosidad puede adquirir una profundidad particular.

Sin convertir música profana en un relato religioso que históricamente no le pertenece, el contexto de este concierto permite descubrir una afinidad poética: de la oscuridad puede surgir la luz; del dolor, una afirmación de la vida; y de muchas voces diferentes, una forma de unidad. En la cercanía de la memoria de San Juan Bautista, esa trayectoria puede ser escuchada no sólo como una experiencia estética, sino también como una invitación a la reflexión.



 

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